EL NEUROSCOPIO: Actividad física y demencia 

Hay un gran consenso acerca de los beneficios de la actividad física para la salud. Muchos estudios han demostrado que incluso una actividad ligera a moderada (caminar treinta minutos tres veces a la semana) reduce el riesgo cardiovascular, mejora la función respiratoria, la resistencia y acondicionamiento muscular, el estado de ánimo, etc., en todas las edades y quizás especialmente en los mayores. 

Su efecto sobre la capacidad cognitiva y funcional de personas con demencia es, sin embargo, objeto de controversia. Algunos estudios parecen indicar que el ejercicio tiene un efecto positivo sobre la alteración cognitiva de personas con demencia, pero en otros dicha mejoría no se demostró aunque sí un efecto beneficio sobre la salud física general. 

En mayo de 2018 se publicó, en el British Medical Journal, un estudio británico bien diseñado que investigó el efecto de un programa supervisado de ejercicio aeróbico y fortalecimiento muscular sobre la alteración cognitiva y otras variables en 494 personas con demencia leve a moderada  de una media de 77 años de edad (Dementia And Physical Activity –DAPA- Trial).  

Dos tercios de los participantes llevaron a cabo este programa durante cuatro meses  mientras que el tercio restante siguió con su actividad física habitual. La asignación a uno u otro grupo se hizo al azar y los evaluadores desconocían a qué grupo se había asignado a cada participante.   

La función cognitiva se evaluó al cabo un año mediante una prueba bien establecida (ADAS-cog).  También se evaluó la capacidad para realizar actividades de la vida diaria, presencia de síntomas neuropsiquiátricos (agitación, etc.), calidad de vida del paciente y del  cuidador así como la carga del cuidado del paciente. El acondicionamiento físico se midió con una prueba sencilla: la distancia recorrida en seis minutos de marcha. 

Los resultados del estudio no demostraron mejoría por el programa de ejercicio en la capacidad cognitiva (enlentecimiento del deterioro) ni en las otras funciones evaluadas, aunque sí una importante mejora de la prueba de la marcha a corto plazo. De hecho, se observó una pequeña diferencia en la mayor progresión de los síntomas cognitivos en las personas del grupo que realizó el ejercicio, aunque de significado no concluyente. En el grupo que realizó el programa de ejercicio ocurrieron cuatro acontecimientos graves relacionados con esta actividad: un caso de angina de pecho inducida por el ejercicio, dos caídas con lesiones y un empeoramiento importante de dolor de cadera.  

Por lo tanto, de acuerdo con los resultados de este estudio, no se recomienda la realización de programas de ejercicio como el descrito para las personas con demencia leve a moderada ya que no enlentecen el curso del deterioro cognitivo. 

¿Es esta la última palabra sobre el uso de ejercicio en demencia? A mi juicio, no. Tal como también dicen los autores del estudio, es posible que otras modalidades de actividad cuyo fin sea la mejora el funcionamiento físico puedan tener un efecto beneficioso.  

Una prudente actividad física, que no suponga riesgos adicionales para la persona con demencia, parece ser razonable. El ejercicio es beneficioso para la salud física y mental y puede mejorar la calidad de vida de las personas con demencia, en los diversos estados de su enfermedad. Actividades tales como caminar, bailar, jardinería, etc. pueden mejorar la forma física y disminuir el riesgo cardiovascular, lo cual es importante para cualquier persona con demencia.   

25 de octubre de 2018

Juan Lahuerta

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